— El Medio

Aleph

erez

aquí, en esta desembocadura, el mundo tambalea, truena, tiembla, intenta levantarse en columnas de polvo amarillo que amenazan para luego caer heridas en una ruta angosta y rota con soldados a los costados. hay, al menos, algo sincero en la luz y el clima que se muestran tal como son: crueles e implacables.

un globo blanco sostenido en lo alto flota, vigila, indica.

a gaza no se va, se llega. pedazo de tierra terrible y agitado, dañado, franja y trágica. aquí –lo peor- se aglomera y amontona, se concentra y se hace certeza, se personifica como un martillazo en el meñique.

un aleph es gaza y  a todo el universo de completas injusticias que es el medio oriente  le abren una puerta a través de en una terminal vidriada y moderna, con jardín al frente y un cierto tono de impunidad. la arquitectura del poder, que le llaman.

erez se llama este paso, y ha cambiado desde la última vez en que estuve. lo ha hecho siguiendo los algoritmos lunáticos y precisos de este lugar y donde antes habían taxis esperando ahora hay tanques, donde antes habían palestinos convalecientes en sillas de ruedas ahora hay periodistas ansiosos cargando cámaras y armaduras, intercambiando batallitas mientras fuman nerviosos y ponen cara de como si nada.

una vez dentro de erez la cosa podría ser un poco más poética pero no lo es y todo está expresado en la entrada en dos carteles azules con letras blancas y flechas opuestas: uno dice israel, el otro gaza. calculo que aquí, entre los dos carteles y donde se erige un tímido arbolito que parece de naranjas y del que cuelga un atrapamoscas hediondo, aquí justo está la nada, el casi, el medio. acaso la esperanza de una verdad, de que aquí un algo termina y otro algo empieza.

sea lo que sea que empieza, no sé muy bien que hago aquí. no cubro noticias, y por lo general no me interesa lo que se puede agrupar en términos tan extranjeros a mí como la realidado la actualidad, que me suenan más a nombres de estancias que de cosas interesantes.

a veces creo -quiero creer- que me interesa algo que en las charlas de salón titulo, poniendo cara de prócer, como  la condición humana.

esta vez sé -me gustaría saber- algo, y es que desde que visité este lugar por primera vez hace poco más un mes se me hace insoportable la idea de estar en cualquier otro lugar. probé con finlandia y el tango y fue una experiencia linda y pasajera como amor de otoño.

entro, entrego, espero, explico, espero, espero, cruzo. luego, en una jungla lisa de paredes de concreto y vidrios blindados, nuevos carteles insisten en indicar en lo irremediable: gaza. llego a un muro inmenso de concreto con una pequeña puerta de acero con un número. seis, dice. y nada. durante un minuto, dos, medio, nada. el muro de concreto parece cada vez más insuficiente ante los estruendos pero permanece, inmutable y callado. la puerta se empieza a mover con una lentitud macabra y ensayada demasiadas pocas veces, y toda mi espalda se hace norte, paredón y antes.

un corredor enrejado y techado traza una especie de ele de dos kilómetros de largo en el desierto. al fondo edificios en llamas prometen algo, los estruendos y los tanques lo confirman. recuerdo ahora el corredor con cierto cariño. será lo último recto e intacto que veré por mucho tiempo.

al final del pasadizo está, entonces, gaza, sin carteles de bienvenida ni mayúsculas pero sí con la destrucción a flor de piel. está allí también estacionada la primera broma del lugar, materializada en un colectivo blanco y pulcro llamado spring landen el que espera y cuenta periodistas un chofer flaco y abnegado. este tipo que fuma y mira hacia todos los costados tiene todas las mañanas -todas las mañanas- la tarea de sacar hacia israel periodistas ojerosos y meter hasta el centro de gaza periodistas adrenaliticos. y a mí, que sigo en este punto sin saber en que categoría estoy y que tal vez no me gustaría estar en ninguna.

el recuento no da, y que hay que esperar, fumar y seguir poniendo la misma cara de como si nada. no llegan periodistas sino cuatro palestinos madrugados y cansados. primero pienso que se trata de gente que trabaja en la terminal -los únicos empleados que están en contacto físico con gente intentando cruzar hacia israel son palestinos de gaza, fuerza laboral reemplazable en caso de explosión- pero confirmo de que se trata de personas que fueron capturadas por el ejército de israel y que acaban de ser soltados a su suerte. supuestamente hay algún tipo de ley que dice que los prisioneros no pueden ser liberados a lugares que no son seguros. a supuestamente y a ley los bombardearon hace unos cuantos años en este mismo lugar bajo cargos de terrorismo.

el camino hacia el centro de gaza está taxativamente devastado. muchas casas destruidas y las que no tienen los vidrios rotos con cortinas que flamean al viento como lenguas exhaustas. la ruta -termino generoso a lo que son los caminos en gaza- está escondido bajo una alfombra de escombros y cabezas de proyectiles sin detonar. a la vista y de manera contundente el más absoluto nadie.

son cinco, diez kilómetros interminables de estruendos y devastación que bastan para entender que la realidady la actualidadson algo que aquí hiere y mata. el colectivo ahora se ha llenado de robocops de armadura y casco que apuntamos con nuestras cámaras hacia lo que las ventanas nos dejan ver.

hasta hace unos 24 días esto era un de-repente de niños, sandías, burros, carros, caos, bocinazos, gaseosas, gallinas, olores, cables y varios carteles con fotos de hombres sosteniendo armas y con consignas photoshopeadas a sangre. aquí había eso que llamamos pobreza y vida; hoy hay la nada más tremenda, esa de lo que podría haber sido y fue.

sí queda el calor que golpea, silencioso, y se hace presente en cada superficie. los robocops lo saben y lo sufren a su manera desde sus 17 kilos de armadura poco ventilada.

quedan también los nombres: beit janún, beit lejiah, yabalia, tuffaj, las aldeas del norte de gaza que han sido bombardeadas hasta hacerlas un sinónimo de masacre a fuerza de muertos.

en el camino un cable frena al spring landy el chofer le ordena al más joven de los liberados de que se baje a moverlo. va descalzo pero aquí no hay riesgo: en gaza los cables eléctricos pueden llegar a tener de todo menos electricidad. el joven se llama mohammad, y cuenta que estuvo tres días en cautiverio, con manos atadas en la espalda y los ojos vendados. sí le dieron de comer, claro lo interrogaron y el shin bet no lo torturó más allá de lo que significa estar en esas condiciones terribles, sobre todo para un adolescente de 16 años. está entre cansado y en shock, y con algo como lágrimas en los ojos cuenta también que estaba en la playa cuando el ejército israelí lo atrapó. le preguntaron una y otra vez por los combatientes y por las lanzaderas y dice que dijo no sabía nada. nos cruza el vehículo de la cruz roja que supuestamente los busca y los dejamos sin más en una esquina de tuffaj.  

doblamos hacia el centro por calles en donde hay una vida cansina atrapada entre casas bombardeadas. algunos van en carros tirados por burros, otros caminando, otros llevan un carrito. todos indefectiblemente cargan bidones de agua. hay hombres en fila y amontonados en las puertas de las panaderías.

llegamos a la costa y donde antes había un puerto lleno de pescadores yendo y viniendo ahora hay un edificio que larga el humo de un fracaso, un humo negro que podría decir non habemus pace, un humo antiguo y ya demasiado insistente. el agua en el puerto está lisa, imperturbable. las barcas permanecen quietas como en penitencia y el puerto más que pescado se dedica a acumular tragedias.

un record estúpido: esta es la más fresca de todas las bombas que he visto en mi vida. ojalá que sea la más fresca que me toque ver.

la playa está vacía con la fuerza de una obviedad: aquí mismo fue donde hace un par de semanas el ejército israelí bombardeó una-dos-tres veces a cuatro niños muy niños que jugaban aquí a la pelota.

fue en también en estas mismas playas en donde empecé a entender lo especial y diferente que es la gente de gaza. vine un viernes a hacer fotos y terminé hermanado con un grupo de hombres en camiseta y chancletas que sudaban y puteaban, mientras partían sandías y jugaban al backgammon en una tapera que ellos llamaban, así con esta misma palabra, el chalet. la playa estaba llena y mientras algunos niños remontaban barriletes otros jugaban al fútbol con remeras de messi, de unrwa, de tantas otras ilusiones. pasaban otros hombres en otras camisetas y cada uno llevaba las marcas blancas de ropas más largas al lado de mujeres que, claro, llevaban todo el largo que la ropa puede llevar.

recuerdo que en todo el caos -en gaza el caos es el orden permanente de la cosas- a cada paso me encontraba con gente contemplando desde la orilla, acribillándose los ojos mirando un horizonte imposible. suena a un lugar común para cualquiera que no haya estado en este lugar. es heroico para cualquiera que haya estado en este lugar, y tal vez pizarnik sí estuvo y es justamente esto lo que ella llamaba la verdadera rebelión.

fumábamos narguile en el chalet y entendí de que más que chalet se trataba de un refugio, el único que estos hombres peludos de treinta y pico tenían. se refugiaban de sus mujeres que a cada rato los llamaban para preguntarles cuando volvían, se refugiaban de sus trabajos de mierda y de la falta más absoluta de perspectivas, encontraban entre palabras y charlas tontas amparo a las otras palabras con las que se escribe la vida aquí: bloqueo, ocupación, hamás.

recuerdo también que nadie, ni entre ellos ni entre todos los hombres y mujeres que conocí en gaza aquella vez encontré alguno que se refugiara de la vida. todos se le paraban de frente y con los ojos bien abiertos, ardiendo de fervor por vivirla. y así, mientras nadábamos en la más absoluta humedad, la idea me hizo tristemente feliz: gaza es, a pesar de todo, tremendamente refrescante.

gaza está construida a base de destrucción y tragedia, pero sobre los escombros se levanta, hecha de gente que a pesar de todo sigue adelante, ama y protege a sus familias, escarba en los escombros con las uñas en busca de esperanza. gente muy gente, a pesar de todo.

recuerdo junio que terminaba y la promesa de una guerra -otra guerra- empezaba a hacerse transpirarse. para mí era una pregunta constante el qué hacer, si quedarme o irme, cubrir o no cubrir la guerra y tantos otros lujos y pajas mentales. para cada uno de los hombres y mujeres y niños que me encontré la guerra no era una opción, era parte de la vida aquí, un mojón con el marcaban la ruta que la vida y la muerte marcan paralelas en este lugar: ese lugar fue desbastado en la primera guerra, eso dejó de funcionar en la segunda, aquel perdió a su familia en la tercera.

ahora es mediodía y el sol cae esparciendo vacío por todas partes como para que la guerra lo pueda ocupar todo, cómoda, acostumbrada y altiva como los drones que nos merodean. en la calle de los hoteles en donde la prensa internacional se aloja hay decenas de robocops que entran y salen de autos con la siglas te-ve. relatan algo extraordinario, eso que aquí es la vida ordinaria.

he llegado a gaza, y sigo con la pregunta en el bolsillo. mis dudas siguen siendo los mismos lujos, las mismas pajas mentales: cómo contar esto, qué tiene que ver mi fotografía con esta tragedia, cómo adjetivar esta guerra, qué carajos hago aquí.

mis respuestas siguen siendo las mismas excusas poéticas con las que decoro tantos errores y en concreto lo único que encuentro son algunos indicios, hilitos de colores de un tapiz que tal vez será.

durante el medio de mi primer viaje le escribí a mi amiga lubna, quién me ayudo con los contactos locales, diciéndole de que me enamoré de este lugar. ella me retrucó: gaza se enamoró de vos y no hay vuelta atrás.

 y quiero creer que sí.